Gringos en almíbar
Granada, Nicaragua. Fiesta de voluntarios.
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Yo soy voluntario y estoy invitado. Intento eso de que me duele la cabeza, que hace poco me extrajeron tres muelas del juicio, que me han sentado mal los frijoles del desayuno o que la secta de los hikikomoris del séptimo día a la que pertenezco me prohíbe cualquier reunión social con más de dos personas en un mismo espacio. No me sirve para escaquearme esta vez. Tendré que asistir.
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Dos chicos altos, rubios y rosas han venido expresamente a informarme del evento desde la embajada de Babel que es su casa de voluntarios. Uno es Grant y otro Jimmy. Uno es de Toronto y el otro del estado de Arkansas, pero no soy capaz de unir correctamente rostro-nacionalidad-nombre. Les sonrío mucho guiñando ambos ojos y les digo que iré, pero que no pienso llevar nada. Parece que esto les hace gracia.
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Un rato después vienen a por mí una docena de "gringos" variados, como llaman aquí a todo el que no es "nica". Un par de ellos habla y entiende español. El inglés que tanto me sirvió para ligar con "guiris" en las playas de Ibiza parece que se me quedo olvidado en los montes de Chiapas.
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Llegamos a la "party house". Chicos y chicas de todo el mundo conocido encantados de venir a Nicaragua para conocer gente de su mismo país cargan con bolsas de patatas fritas, botellas de cerveza, tupper's con fruta, ollas con arroz, huevos rellenos, pasteles caseros... Yo no llevo nada.
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Dentro de la casa otros once norteamericanos nos reciben. Doy apretones de manos maquinalmente. Hay mucha gente aquí y todos tienen manos. Se me acumulan. Oigo nombres como Grant, Isaias, Syren, Jimmy, Stephen, Nora, Mandy, Sonja... Ninguno se pronuncia como creo en un primer momento. Al principio no distingo las caras. Todas con rasgos distintos y todas se mezclan y acaban siendo la misma, la cara de voluntario. Seguro que la mía también es así. La he estado ensayando: sonriente, despreocupado, viviendo un segundo "Erasmus" y a la vez emocionado por formar parte de una revolución perfectamente planificada que hará a los pobres ricos y a los ricos monstruos.
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Me esperaba una fiesta con ponche adulterado, recreaciones de Sodoma y Gomorra en cada habitación y algún chaval de Carolina del Norte (por ejemplo) atrincherado en el baño fumando de su pipa de crack con un gorro de lana calado hasta las cejas. No es así. Todo está organizado y todo el mundo sabe lo que tiene que hacer.
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Cada persona saluda y charla sonriendo como si le pagaran por ello. Cogen un plato de plástico y se sirven de los recipientes con comida previamente colocados en la mesa. Parece que lo tuvieran ensayado y así es. Todos los lunes se reúnen para hacer lo mismo en la misma casa.
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Me ofrecen un plato. Me disculpo con la historia de los frijoles y el desayuno y cojo una cerveza.
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En el salón se va juntando bastante gente para ver el béisbol. Me acerco distraídamente golpeando con los dedos la lata de cerveza según el ritmo de la música de batería que se oye de fondo.
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Me siento en el sofá. Resulta que son las fases finales de no se qué torneo en no se qué país. Intento aprender algo de este deporte, pero la gente quiere hablar.
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- ¿De dónde eres?
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Es la pregunta mágica de todos los voluntarios. La segunda es ¿Donde está el karaoke?
Contesto que soy de España y alguien me dice que en otra casa de voluntarios hay una chica de Argentina. Respondo que eso es realmente estupendo, pido disculpas y, a pesar de que la mesita que tengo delante está llena de basura, me levanto a tirar la lata de cerveza vacía.
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En la cocina un grupo de seis voluntarios juega a las cartas y se ríen en sus respectivos idiomas. Una chica (de Suecia, creo) sigue la partida de cerca mientras devora un plato de fruta en almíbar con arroz que sostiene sobre sus piernas.
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Sigo sin hambre. Me sirvo un café y vuelvo al salón.
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Aunque hay gente de pie, han respetado el sitio que ocupaba en el sofá. Eso me gusta. Vuelvo a sentarme.
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Stephen es alemán, está a mi lado y se empeña en explicarme la diferencia entre el béisbol y el softbol. Casi no le entiendo ni cuando pronuncia baseball. No me importa. Creo que interrumpirle no serviría de nada. Me acuerdo de la chica que come arroz con fruta en la cocina. -¿Se habrá servido otro plato? ¿Estará vomitando en el baño? ¿Le habrá añadido ketchup?-
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Stephen termina de hablar. Le digo que todo eso es muy interesante y contraataco. Empiezo a hablarle sobre las letrinas de Chiapas mientras sorbo café. Voy recuperando algo del inglés de urgencias que todos tenemos e intento concienciar a mi compañero de la necesidad de combatir el fecalismo al aire libre en el sur de México. Creo que él tampoco entiende nada, pero hemos estado hablando más de una hora y sólo eso me parece importante.
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Stephen me invita a participar en la partida de cartas de la cocina. Acepto. Mientras me explican el nombre del juego y sus reglas busco a la chica del almíbar. Ni rastro. Todos/as hablan y hacen bromas en inglés. Me cuesta seguirles y sonrío con gesto nervioso como si acabara de oír un chiste malo y a la vez se me hubiera metido el calzoncillo por medio del culo. Pienso que exactamente así se sentirá nuestro presidente en las reuniones con otros gobernantes. Le maldigo a él y a todo nuestro sistema educativo mientras procuro controlar mis gestos y no parecer retardado.
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La gente empieza a despedirse.
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Chicos que no recuerdo me llaman por mi nombre y algunos con los que creo haber estado toda la noche se presentan antes de marcharse.
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No es aconsejable salir a la calle mucho más tarde, he perdido casi todas las manos del juego y ya no se si llevo mas cervezas que cafés... Es hora de irse.
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Catorce minutos después estoy cepillándome los dientes en el hostal. Acordándome de Suecia, pensando en el arroz con fruta en almíbar, en poner un puesto ambulante de arroz con fruta en almíbar por el centro de Estocolmo y usar como reclamo uno de esos guantes gigantes de gomaespuma que se ven en los campos de béisbol.
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Escupo en el lavabo y no salgo del baño hasta que todo el dentífrico resbala por el desagüe.
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Demasiado despierto para dormir. Demasiado dormido para ser sensato.


lunaticox dijo
Laura Lunática.
Los voluntarios que me rodean podrían ser los que te rodean a tí, podríamos cambiar a unos cuantos con los ojos cerrados y todo continuaría igual.
Yo también me estoy acordando de nuestro puto sistema eduactivo, soy la única europea que no habla inglés, yo no tengo ni el de urgencia.
Me gusta pensarte tan dentro y tan fuera de ese grupo. Te quiero.
Amigos lectores, en breve parto de regreso a México, el día lo decidirá la final de la Eurocopa. Os quiero.
24 Junio 2008 | 08:56 PM