Una araña trepa por mi pierna desde hace un rato. La he observado en su costoso intento de trepar al dedo pulgar, y ahora va casi por la rodilla. No puedo tocarla, me he achicharrado entero bajo el sol. No puedo tocarme. Ya me echaré crema cuando empiece a sangrar.

Isla de Chachauate, Archipiélago de Cayos Cochinos, Mar Caribe, Honduras.
En esta región habitan los garífunas. Indígenas que poco tienen que ver con nuestros parientes tselales. La dieta básica de marisco les afecta de forma desigual según el género. Todos son negros, pero ellos: Altos, atléticos, fuertes y estimo que hiperdesarrollados en más de un sentido. Ellas: Mujeronas inmensas de contornos elefantiásicos, muchas de ellas provistas de triples papadas. No lo entiendo.

La isla es pequeña, tiene un perímetro de 6 minutos andando a paso de turista, y está naturalmente ordenada: Una mitad de la costa tiene piedras y erizos de mar, la otra arena fina, pececitos y su bandada de pelícanos miedosos de turno. En el interior palmeritas y kilómetros de aguas trasparentes.
La isla que tengo delante es mucho más grande y es la que usan para reunir a las grandes eminencias de la actualidad española en el programa "Supervivientes". Otra de las islas ha sido recientemente adquirida por un tal David Bustamante.

<<...Barrabás llegó a la familia por vía marítima...>> Ya terminé "La casa de los espíritus". Dejo caer el libro al suelo.

No hay rastro de la araña.

Ahora recuerdo que en el reparto de bienes chiapanecos me tocaron varios crucigramas. Antes de buscar uno iré a por cerveza. Dos cervezas, Marta también quiere. Marta, compañera de la universidad, voluntaria en Honduras, y la coartada perfecta para no estar trabajando y hacerla una visita.

Voy por las cervezas. Las pago. Vuelvo hacia la playa y le veo. Es negro y alto, pero se que no es de aquí. Rastas, muñequera de la bandera de Jamaica, collar de conchas marinas... Pareciera que el espíritu de Bob Marley le hubiera vomitado encima.
Me sonríe antes de llegar a su lado y ya se que algo va a pasar. Su imagen me hace volver varios años atrás en la Plaza de Barceló, donde los personajes errantes que ofrecían o pedían cualquier tipo de droga se podían convertir en compañeros de madrugadas.

Le saludo. Me saluda y me pregunta: que cuándo he llegado..., ...que de dónde soy..., ...que hasta cuándo estaré... No para de hablar y de reír él sólo para enseñarme una dentadura de marfil que ni yo ni ninguno de mis descendientes tendrán. Contesto a todo casi sin mentir, dando tragos a ambas cervezas para evitar que se calienten. Me fijo en su bolso cruzado de lana del que sobresale un libro sobre buda. Muchos agujeros los del bolso, pero no tantos como los de sus mallas naranjas. No lleva nada debajo, lo se.
...que cómo me llamo..., ...que con quién he venido... y que si-me-gusta-fumar. Ahí está, lo sabía. Le digo que sí. Él me dice que entonces va a buscarme para compartir un poco de "good feeling", pero que antes tiene que evacuar -se palmea la tripa-.

Llego donde Marta. La digo que si quiere bañarse que lo haga ahora porque en cinco minutos va a venir un rastafari colocado con incienso del Tibet para que fumemos los tres algún tipo de sustancia que ahora mismo está excretando.
No entiende nada. Se lo explico con más detalle esperando un gesto como el que pondría si le hubiera dicho:

- Oye, Marta, vete a ver porque creo que la bolsa de basura está empezando a gotear sobre tu almuada...

Pero no, le encanta la idea.

Llega nuestro nuevo amigo y se presenta como Gregory. A continuación dice:

- Soy Gregor porque me "aGregor"... ¿Lo entienden?

Desde ese momento y casi en cada frase incluye juegos de palabras y dobles sentidos que van cobrando más gracia según nos hacemos más partícipes de su alegría.

Gregory resultó ser hondureño y budista, y su dieta básica es el coco y la marihuana fresca.

Nos habló de los hare krishna, de Jesucristo, de la costura de su codo, de la marihuana hondureña, de los misterios del mágico número 9, de los arrecifes de coral (Honduras es el segundo país del mundo con más extensión de estos), de su ascendencia garífuna, de las bondades de la leche de coco,... Me pasó un porro sujeto con las pinzas de un cangrejo muerto, y así fue como este individuo me acabó por cautivar. Escrutando su cara a veces pensé que me encontraba frente al único y verdadero gurú del siglo XXI, y otras veces sospechaba que Gregory se había salido de la fila de yonquis que recorre la M-40 y no se de qué extraña manera había ido a parar a nuestro lado.

Desconecté y dejé de oírle pero no de asentir cambiando mi cuello por un gran muelle. Oí gemir a mi saturada vejiga y miré hacia el baño, a unos 70 imposibles metros a mi izquierda. Realmente imposibles. Volví a girarme hacia el frente, me puse en pie y empecé a andar despacio hacia el mar iniciando lo que fue un camino mágico.

Notaba cada partícula de arena acomodarse bajo mis pies. El agua brillaba como una piscina llena de botellas de cristal y envolvió lentamente mis piernas como caricias de sirena. Levanté la vista al cielo y vi el sol del atardecer diluirse en el mar, y tras él todas las islas de alrededor a la mía. Mi isla. Cerré los ojos con el agua por la cintura y en el momento de liberarme, cuando incluso creí poder oler el coral de los arrecifes cercanos, abrí los brazos acariciando el balanceo suave del oleaje, y pensé:

- Para ti, Busta, para ti.