Laurel està a tres horas en coche desde Bachajòn.

Las ocho familias que componen su poblaciòn se distribuyen en
casitas de madera que poco tienen que ver con las casas de
madera prefabricadas, sin detalle que les falte, que os estàn
viniendo a la cabeza.

Llegamos el lunes a mediodìa (Cris, el Padre y yo) y fuimos
la sensaciòn ( se ven pocas pieles tan blancas por esas tierras)
hasta que nos fuimos el martes, tambièn a mediodìa.

En Laurel el tiempo avanza con ritmo propio.

Es difìcil, para nosotros al menos, comer con una tortilla de maiz
como ùnico cubierto, ellos no se manchan ni los dedos, yo me
tengo que limpiar despuès hasta los codos.

Èsta era una ocasiòn especial, ademàs de tortillas, frijoles y cafè,
desde la cocina comunitaria, territorio femenino, salìan deliciosos
platos con carne, pollo, arroz o atole.

Con los hombres hablamos desde el principio, resolvièndonos dudas
sobre nuestros lugares de residencia (-Por cierto, ¿alguien sabe si
en España se cultiva maìz?, ¿criollo o transgènico?-).
Con los niños y niñas tardamos un dìa màs, aunque desde el
principio nos observamos sin vergüenza mutuamente.
Con las mujeres quizà habrìamos necesitado un dìa màs, no todas
hablan español (hablan tzeltal, una lengua indìgena)
y su educaciòn las hace ser màs tìmidas.

El motivo de esta ocasiòn especial fue la celebraciòn de bautizos,
comuniones, confirmaciones y hasta una boda. La novia no iba de
blanco, ni si quiera creo que estrenara ropa.

Por la noche hubo baile, cinco o seis parejas animadas en la pista
(dos de ellas fuimos nosotras demostrando nuestro ritmo latino),
bailando cumbias repetidas por darle la vuelta a la cinta una vez
màs. Muuuuy divertido.

Gracias Feliciano, gracias Syria (nuestros jòvenes anfitriones)

De Laurel me traje sentimientos encontrados, muy buenos y menos
buenos. Me traje de recuerdo, ademàs, una garrapata enganchada
a mi pierna.

Toda una experiencia, lo de la garrapata tambièn.