Esta noche he soñado que me desmembraban.

Nuestra segunda noche en Chiapas y mi inconsciente ya me quiere matar. El cambio de cama no ha servido.

Supongo que tendrá que ver la falta de actividad. El lunes será cuando entremos en contacto con las comunidades indígenas, el barro, las plantas venenosas y los alimentos laxantes.
Todavía no hemos decidido cómo vamos a colaborar por aquí, si participaremos en talleres educativos o si nos pondremos a construir casas, establos y letrinas. Por si acaso hay cabras ya me llevaré yo la pala.

No se cómo es Chiapas. Laura dice que como Asturias pero a lo bestia. No se me ocurre una descripción tan sencilla, pero que se acerque más a la realidad.
Hay que ser muy atrevido para decir cómo es esto habiéndolo vivido dos días, creo que todo lo que digamos se queda corto. Chiapas es el olor de la tierra siempre fértil pisada por pies descalzos, auténticos, sin mezclas. Chiapas es verde, muy verde, mil verdes derramados por montes como dedos de unas manos que te acogen. Chiapas es la niebla que cubre esos montes y que baja hasta los pueblos como la voz de la madre selva que nos pide que no la matemos. Chiapas es ese verde y esa tierra y esa gente hermana del pueblo maya y su cielo, un cielo oceánico que se une con todo lo anterior y crea la mezcla secreta que te devuelve dos mil años atrás.

Hace dos días que dejamos Oaxaca con sus playas de aguas transparentes y sus jipis tumbados en la arena horas y horas esperando a que les caiga el p*t* maná.
Alojados en una cabaña hecha de hojas de palmera y rodeados de palmeras hechas de hojas de palmera, la única preocupaciòn fueron los mosquitos que hicieron que Laura fuera cada vez más roja y menos blanca.

Hace nueve días nos fuimos de "La Ciudad del Caos" todavía con antros que la próxima vez no resistirán nuestra entrada. No hubo nada que lamentar a pesar de la corporación de taxistas suicidas.

Y ya hace diecisiete días que salimos de Ciudad de Dios.
Desde hace dos semanas se que otro/a está alquilando el traje de voluntario que yo dejé al irme, y que Héctor es ya, (sí ya, no hace falta que pase más tiempo) uno de los treintaytantos voluntarios que hablaban raro y que pasaron por allí...

Algo echo de menos: El contacto, el choque, las voces. El espacio público que tan a menudo me dejaba sin espacio privado.

No echaré de menos mi cama, ni mi cuarto ahora que lo recuerdo... Mi cuarto era un cubo de 2,30m. de lado con un alógeno de neón que se iluminaba aleatoriamente según una fórmula matemática que nunca logré descifrar. El alógeno de neón era mi compañero de cuarto, porque aunque no siempre lucía, sí siempre sonaba. Un zumbido constante que me arrullaba y que a la vez me hacía creer estar dentro de una de esas lamparitas que se cuelgan en los jardines y que atraen a los bichos. Curiosamente nunca vi ningún bicho en mi cubo, así que, por si acaso, tampoco toqué la luz que me hablaba.

No echaré de menos el chicle pegado en la manta, ni mi llavero de Bob Esponja, ni los clavos en la pared que usaba para tender la ropa, ni tampoco el momento de lavar la ropa.
Éste era siempre en mi hora libre, de descanso, pero también de tensión. Nunca pude evitar pensar en el cuello de un pato cuando escurría mis calcetines. Lo hacía hasta que veía mis nudillos blancos, sin fijarme en el agua que quedaba, de lo que se trataba era de quemar un poco de adrenalina. La otra opción era jugar al fútbol, pero me insultaban demasiado.

De allí me llevo casi todo lo que traje y además ropa nueva que sustituyó a la sustraída, una peonza para mis ratos de ocio, nuevas pulseras, una sábana firmada, y un segundo par de ojos que hace poco se abrieron a nuevas formas de vivir, sentir y amar y que han llorado alegría y sufrimiento casi a partes iguales sin que ninguna de los dos sobre.

Ayer lavamos ropa aquí. Fue relajante.
Lavar ropa en Chiapas frente a esos montes de vegetación que hasta hoy no existía lo hace muy diferente a como lo recordaba. Lo hace mágico. Me imagino bajar en trineo por una de las pirámides de Egipto o nadar desnudo en el estanque que hay frente al Taj Mahal. Algo parecido.

No me importaría morir así, a los pies de la selva Chiapanenca y con mis calcetines bien escurriditos.