Dicen que sólo los irlandeses y los segovianos pueden acostumbrarse a una rutina mutiladora sin dejar de sufrir, pero sin hacer nada al respecto.
Algo así me pasa.

Cuando oyes a tu espalda demasiadas veces las palabras: "güero", "baboso", "pinche", "pendejo", "culero" o "de mierda" (combínalas como quieras, en tríos, parejas o todas juntas), lo que se te pasa por la cabeza es hacer una visita al niño por la noche con una pastilla de jabón envuelta en una toalla. Pero también es eso parte de lo diferente a lo acostumbrado.

En el fondo me gusta sentirme un poco superviviente. No se... Lo interesante no es controlar las cosas, sino promover la acción, o mejor, que los cambios en las cosas promuevan tu acción.
Fluctuamos varias veces en el mismo día sobre nuestras impresiones. Y eso también me gusta.

Fue desde el tercer día cuando dejé de ver esta ciudad con ojos de turista. Sigo impresionándome casi a diario con las furgonetas destartaladas convertidas en autobús como la calabaza de Blancanieves; con el despertar de la ciudad entre los vapores del maíz hervido, los dulces de colores imposibles y la música caribeña que intenta sacarte a bailar en cada esquina; con aquellas abuelas de ojos rasgados, piel de corteza de roble y cabello del color de los años y del sol entrelazado sobre su espalda como en las últimas 3 décadas. Aun así me considero más vecino que visitante, y "las obligaciones" traslucen la mirada del turista que realmente nunca fuimos.

Bueno, está bien. Es lo que toca. Ser vecinos sin dejar de fijarnos, sin dejar de aprender, sin perdernos lo bueno e intentando comprender lo malo.