No fui a Guatemala.
No quiero más voluntariado con animales, ya trabajé en varias escuelas.
Ando por El Salvador, un país muy pequeño de la costa del Pacífico entre Guatemala y Honduras, alineado con EE.UU., es decir, su esclavo.
El nombre me ponía un poco los pelos de punta, pero le di una oportunidad. No he visto selva. Sí bosque, y mucha montaña. Al igual que Nicaragua, su perfil geográfico es como un acordeón.
La capital no tiene muchos sitios destacados: mercados y más mercados ambulantes, un par de museos decentes, y un Palacio Nacional lindo de veras, que con la catedral y el Teatro Nacional, deben ser los únicos tres edificios limpios de la ciudad.
Maras, delincuencia e inseguridad. Bueno..., no que yo haya visto (estarán en la selva). Aunque, invariablemente, en cada país que dejo me dicen que el siguiente al que voy es peligrosísimo y que tenga muchísimo cuidado. Todo con muchos -ísimos. Si esta progresión es cierta, cuando regrese a México no podré baja a comprar mis frijolitos sin chocarme con alguna prostituta encocada, un multiasesino coprófago o un violador necrófilo con cinco o seis penes protésicos.
Yo por si acaso decidí aparentar ser un tipo malo, o un tipo colgado,,, una mezcla. Es fácil porque toda mi ropa está ya enmohecida y más arrugada que una nalga de Camilo José Cela (mis respetos). Llevo la gorra calada hasta los pómulos y camino pesadamente, como si la gravedad sobre mí fuera de dos grados más que sobre el resto.
Realmente hasta ahora la gente con la que me he encontrado ha sido muy amable, amabilísima. El calor es el criminal. Hoy el sol pega tan fuerte que me va a hacer piar. Y me voy de excursión al monte con mi bocata de plátano frito en una mano, mi cámara de fotos en la otra, y mucha crema protectora en la nariz.
En la estación, que es tan anárquica y sucia como cualquier otra, dos mujeres pelean. Está una en frente de la otra gritándose. No entiendo mucho, frases sueltas como: iuelagranputa o aitivá quidalmuelta soiaputa. Son dos propietarias de puestos cercanos. Lo se porque una tercera señora tendera me lo dice, mira:
- Trabajan ahí las dos pegaítas.
- Ah.
Respondo intentando mostrar todo el desinterés posible. No sirve...
- Tienen años de estar aquí en la terminal pero no je llevan.
La mujer seca el sudor de sus manos en el delantal que lleva puesto, y con un hábil movimiento de muñeca lo echa sobre su hombro, mostrando una panza de la que tarde o temprano debe salir un canguro.
- Ya veo, ya.
Me aburro.
- Pero nunca je van a golpiar porque el hemmano de eja -señala a una de las dos mujeres con los labios) es mariero.
- ¿Perdón? ¿Que es qué?
- Marero, el hemmano es marero.
Me lo repite sorprendida, gesticulando con cada palabra.
- Ah, vaya. -joder Héctor, céntrate un poquito que nos buscamos un lío- Pues es una lástima.
Me alejo de la señora discretamente, antes de que lea el cartel de: "DAME UNA PALIZA" que llevo puesto.
Miro los autobuses aparcados. Son auténticas piezas de museo del "frikismo". Posters de Jesucristo, pegatinas de piolín y de buldogs babeantes, banderines del Real Madrid o del Barcelona, frases del tipo: Jesús murió por ti ¿Qué has hecho hoy tú por él? Y decorado con coloridos visillos en cada ventana. Todo esto mezclado en un mismo bus, al que suben, además de los viajeros: vendedores de medicinas (remedios contra el reuma, contra los nervios, el mal aliento, para el cerebro ¿?), vendedores de raticidas, de lámparas, de calendarios... e infinidad de mendigos. Mi favorito es un señor ciego con un megáfono y una armónica. Me quedo mirándole hasta que una mano agarra mi brazo.
- Hola, ¿de dónde eres?
Es una de las dos mujeres que discutían hace un rato, pero no se si es la del hermano pandillero.
- De España.
- ¿Quieres un café?
Ella vende café, y sigue tocando los pelos de mi brazo como si pretendiera sugestionarme para que pidiera treinta cafés.
- Sí claro, un café. Por favor.
Intento no bajar la mirada a su mano. Seguro que es la hermana del marero, seguro. Busco lágrimas tatuadas, pero nada...
- ¿Y cómo has venido? ¿En autobús?
Dice esto mientras me prepara el café con la mano que le queda libre, convencida de que si sigue pediré veintinueve más.
- No realmente. Ahora vengo de San Salvador.
Me cuesta no hacer un chiste con la idea de venir de España en bus, pero se que si la incomodo, en diez minutos puedo estar tirado en un retrete de la terminal con la lengua asomando por una raja de mi cuello y la gorra bien dobladita metida por el c*l*.
Alguien grita <<¡Perquín, Perquín, Perquiiiiiiiiiiin!>>. Mi destino.
- ¡Mi destino! Tengo que irme. Tome.
Ella suelta mi brazo para coger el dinero (benditos US dollars), y me escapo hacia mi autobús. Entro y me siento detrás, lo más alejado del andén.
Poco después entra el señor ciego con el megáfono y la armónica.
...Quizá me adelante un poco.